Cherquis Bialo, el mejor jugador de todas las canchas

Por Daniel Guiñazú (*)

Antes que nada una advertencia: quien esto escribe nunca trabajó bajo la mirada de Ernesto Cherquis Bialo. Pero lo reconoce como un maestro. Tanto que es muy posible que por él y por otros docentes del periodismo de El Gráfico como Julio César Pasquato (Juvenal), Osvaldo Ardizzone, Emilio Lafferranderie (El Veco), uno haya abrazado el oficio que le permitió ganarse honestamente la vida desde hace casi medio siglo.
Es posible que las nuevas generaciones argentinas y que todos nuestros alumnos, se hayan quedado con el último Cherquis, el pintoresco, el de “Iohanesburg”, el vocero de Julio Grondona después de haber criticado al mismo Grondona. Pero también como el gran narrador de las historias del deporte argentino, el del profuso anecdotario, el que después de tantos kilómetros recorridos y tantas horas de vuelo, narraba como nadie, lo que él había visto, vivido y contado, tal vez también como nadie. Artesano de las palabras y de los silencios, magnetizaba cuando jugaba con ellos en una entrevista, una clase magistral, una conferencia o un asado con amigos y colegas. Como antes lo había hecho en una crónica o una transmisión de radio o televisión.
Llegado a la prensa a principios de los años 60, Cherquis fue el hombre justo en el lugar indicado. Se arrimó al boxeo cuando el deporte de los puños atravesaba el más dorado de sus tiempos, el de su gran proyección internacional de la mano de Juan Carlos Lectoure y de la empresa Luna Park y el de la consagración de sus campeones del mundo.
Al lado de Osvaldo Cafarelli y Jorge “Cacho” Fontana comentó por Radio Rivadavia la excepcional victoria de Nicolino Locche ante Paul Fujii el 12 de diciembre de 1968 en Tokio. En una de las más notables transmisiones deportivas de la historia, que verdaderamente detuvo el pulso de Buenos Aires, Cherquis anticipó el desenlace de la pelea un minuto antes de que sucediera. Como si hubiera escaneado con su mirada y su palabra, la mente de Fujii y su rincón.
Sus crónicas y su entrevistas con el apodo de Robinson (en su regreso a El Gráfico, donde había estado a mediados de los 60, demoró casi diez años que lo dejaran firmar con su nombre) están guardadas en el cofre de lo mejor del periodismo deportivo argentino. Por la calidad de los textos, por el rigor de sus análisis, por la hondura de sus miradas, por la observación minuciosa y detallista, por la pintura de los caracteres humanos, por su sentimiento y porque tuvieron el mérito esencial de hacernos trasladar al lugar de los acontecimientos y de ver a su lado las peleas de Muhammad Alí, Monzón, Galíndez Laciar, Ballas, Uby Sacco, “Martillo” Roldán y tantos otros.
Cherquis nos hizo ver a Alí contra Foreman en Zaire, a Monzón contra todos en Europa, a Galíndez ensangrentado contra Richie Kates en Johanesburgo. a Laciar ganando el título mundial mosca en Soweto, a Uby Sacco ganando y perdiendo contra Hatcher y Patrizio Oliva en Italia y en Montecarlo, a Roldán perdiendo pero de pie contra Hagler y Hearns en Las Vegas. No estuvimos allí, pero él nos hizo estar allí y nos hizo ver lo que sólo él había visto.
Pero no sólo fue Cherquis un excepcional cronista de boxeo, acaso el mejor de todos. En 1972, viajó a Reykyavik, la capital de Islandia y con solo dos preguntas y dos respuestas de Bobby Fischer armó una memorable crónica de su match con Boris Spassky por el título del mundo de ajedrez. Un año antes, entrevistó a don Roberto de Vicenzo y llegó hasta el hombre, mucho más que el golfista. Y en 1989, cuando falleció Oscar Galvez, lo honró con un perfil de su vida y obra en el automovilismo que más que una necrológica, fue un monumento de tinta, papel y talento.
Quienes lo conocieron y lo trataron (y lo padecieron) reconocen que Cherquis con poder, no era de trato fácil. Resultaba áspero en sus días de jefe de redacción y director de El Gráfico, por su exigencia, por cierta ironía mal tramitada y por la dura marcación de los errores y de aquello que no le gustaba. Solo concebía que los lectores (y los oyentes y los televidentes) recibiesen siempre lo mejor.
Pero nadie nunca dejó de reconocerle que su autoridad no emanaba de un cargo circunstancial sino de su profundo conocimiento de los secretos de la edición periodística y de lo que cada nota debía reflejar. “Lo vi mejorar cada texto que tocaba y cada diagrama que tocaba, sabía cuándo agrandar o achicar una foto, cuando se necesitaba un título directo e informativo y cuando uno conceptual o emotivo. No se le podía discutir nada porque él lo había hecho antes y mejor que todos” dijo hace poco sobre Cherquis, Ezequiel Fernández Moores al autor de estas líneas.
Otro periodista como Néstor Centra, se emociona cuando rememora la noche del 8 de enero de 1995. Confirmada la muerte de Carlos Monzón y al frente de la Oral Deportiva de Radio Rivadavia, Cherquis durante más de una hora y sin ningún apunte, elaboró un atrapante discurso contando desde sus vivencias y su emoción la vida y las peripecias del campeón santafesino que él había visto llegar desde la pobreza más honda hasta lo más alto del mundo. También hizo docencia en la Oral enseñándole a los jóvenes cronistas lo que había que decir y como decirlo sin perder elegancia y buen gusto pero siempre con todos los datos rigurosamente comprobados y a los productores, como conseguir la nota o el testimonio que nadie podía conseguir.
En sus últimos años, Cherquis dio una vuelta sobre sí mismo, hizo su autocrítica y regresó de algún gesto soberbio de sus épocas más poderosas. “Solo cumplí las ordenes que me dio la empresa para la que yo trabajaba” dijo alguna vez que se le reprochó haberse sentado delante del dictador Videla luego del Mundial 78 para llevarle encuadernadas las ediciones de El Gráfico. “Me avergüenzo de mi ignorancia, pero cuando nos dimos cuenta ya era tarde, los desaparecidos habían desaparecido, los muertos ya habían muerto y no teníamos capacidad para plantear ninguna lucha futura” le respondió al periodista ya fallecido Fernando Ferreira cuando este lo consultó en 2008 para su libro “Hechos Pelota-el periodismo deportivo durante la dictadura militar”.
Hasta su lecho de enfermo, cuando sabía que el final era inevitable y nada más quedaba por hacer, Ernesto Cherquis Bialo no dejó de acordarse de sus amigos y de toda la gente que lo quería y lo admiraba. Se despidió de ellos con mensajes escritos con palabras preciosas. Las mismas que valoró a lo largo de una vida en la que fue el mejor jugador de todas las canchas (El Gráfico, la radio y la televisión) para contar de la mejor manera, la más bella y sensible, las más grandes historias del deporte.

(*) Profesor de Deportea y redactor de Página/12

Para leer a Ernesto Cherquis Bialo

Crónica de la victoria de Víctor Galíndez sobre Richie Kates

Entrevista a Muhammad Alí

Crónica de la final del Mundial de ajedrez, en 1972, entre Bobby Fischer y Boris Spassky

Memoria del primer día en la revista El Gráfico

Crónica de Santos Laciar-Peter Mathebula

La última pelea de Carlos Monzón