Por Pablo De Biase (*)
El periodismo deportivo es una práctica social inserta en una comunidad concreta, con historia, conflictos y responsabilidades éticas. Defender la verdad implica verificar, contextualizar y evitar reproducir acríticamente discursos de poder. Defender la justicia supone denunciar prácticas corruptas, discriminatorias o violentas. Y defender la memoria significa no borrar los procesos históricos que marcaron a clubes, asociaciones y selecciones: desde dictaduras que instrumentalizan eventos deportivos hasta luchas por la profesionalización, la inclusión femenina o los derechos laborales.
El deporte es un espacio simbólico de enorme densidad cultural; por eso, el periodismo deportivo tiene la obligación de sostener estándares éticos que honren la memoria colectiva y contribuyan a una conversación pública informada y responsable. Ahora bien, afirmar este compromiso no implica que el periodismo deportivo —ni ningún periodismo— deba adoptar un tono doctrinario o indicar a la audiencia qué debe pensar.
La función periodística no es prescribir ideologías ni reemplazar la deliberación ciudadana, sino ofrecer información rigurosa, pluralidad de fuentes y marcos interpretativos sólidos que permitan a cada persona construir su propio juicio. Defender la verdad no es imponer una visión, sino transparentar evidencias; promover la justicia no es moralizar, sino señalar hechos y responsabilidades; trabajar con memoria no es adoctrinar, sino aportar contexto. La credibilidad del periodismo depende, precisamente, de esa combinación entre firmeza ética y respeto por la autonomía del lector, oyente o espectador.
(*) Periodista, sociólogo, director de estudios de Tea y Deportea
