El jugador brillante que siempre buscó a su hermano

Por Nicolás Halupka y Lucas Grosso

Claudio Morresi se soñaba futbolista, tan vestido de Huracán como cuando iba a la cancha caminando junto con su papá y con su hermano. A Huracán llegó para descocer la pelota. A su hermano, Norberto (por Norberto «Tucho» Méndez, ídolo de Huracán), se lo llevó una patota asesina el 23 de abril de 1977, cuando sólo tenía 17 años y era militante estudiantil. Años después, sus restos fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Claudio participó desde muy joven en las construcciones y las acciones del movimiento de derechos humanos en el país, sin perder peso en una carrera en la que salió multicampeón con River, haciendo una dupla de ataque memorable con el uruguayo Enzo Francescoli. Expandió su compromiso político en el comienzo de este siglo y fue secretario de Deportes de la nación durante una década. Hoy sigue marchando, sigue apasionado por el fútbol y sigue hablando de Norberto.

-¿Qué te pasa cuando te nombran la dictadura?
-Es una sensación contradictoria. Es la tristeza de haber pasado un periodo tan violento y de terrorismo de Estado. Haber pasado la pérdida de seres queridos y la lucha por la verdad, la memoria y la justicia. Por otro lado, la satisfacción de tener un pueblo que haya luchado para llevar a juicio a los asesinos y criminales que secuestraron a miles de jóvenes. También ver cómo cada vez que se acerca la fecha, el pueblo no olvida ese período.

-¿Te acordas de cómo fue cuando te contaron que habían desaparecido a tu hermano?
-Mi hermano un día no vino a casa y mis viejos hicieron lo que hicieron miles de familias, salir a la calle a preguntar en dónde estaba su hijo. Fueron a la comisaría, a la iglesia, a la justicia y nadie les daba una respuesta. La desaparición tiene un peso específico mucho mayor que la pérdida de un ser querido: se produce la pérdida en ambas situaciones, pero cuando desaparece una persona, te levantás con la esperanza de que al final del día vas a encontrarlo, y te acostás con la profunda tristeza de no haberlo logrado. Eso nos sucedió por 13 años. Con el pasar de los años uno asume la realidad pero sigue con la esperanza de poder saber qué pasó.

-¿Tu familia sintió cierto alivio cuando identificaron a Norberto?
-No sé si alivio es la palabra. Cuando encontraron el cuerpo de mi hermano, mi familia pudo cerrar el círculo del luto que muchas no pudieron, ya que no tienen un cementerio al que llevarle flores a sus hijos.

-¿Cómo fue que Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, prologó en tu libro Tirando Paredes?
-El relato que escribí fue por el impulso de Juan José Panno. Porque se lo di para que lo leyera sin ninguna intención de que fuera un libro y me dijo que lo tenía que publicar. Yendo más a tu pregunta, que una de las máximas referentes de los derechos humanos le haya puesto unas letras a algo que escribí fue una gran satisfacción.

-¿Y cómo se dio ese contacto?
-A Estela la conocí cuando fuimos a hacer un juicio a Italia contra Suárez Mason (Carlos Suárez Mason, genocida que recibió múltiples condenas por sus crímenes) y otros de la época, porque en Argentina no se podían hacer por la ley de Obediencia Debida, que eximía de responsabilidad penal a militares y personal de seguridad subalternos que cometieron delitos de lesa humanidad durante la dictadura. Y nuestros familiares desaparecidos tenían descendencia en ese país. Ambos fuimos querellantes y ganamos para que ellos no salieran más del país por los actos que cometieron.

-¿Cómo te trataban tus compañeros respecto de tu historia?
-Siempre había un silencio y un desconocimiento muy grande porque la dictadura lo implementaba. Cuando yo contaba lo que sucedía, siempre había un respeto muy grande. Al volver la democracia, fue mucho mayor la apertura porque había mucha gente que no creía o no le llegaban las cosas que contaban las víctimas, incluso he tenido familiares que no creían que mi hermano había desaparecido. Estamos hablando de una época en la que no había celulares ni redes sociales.

-Fuiste compañero de Omar de Felippe, quien combatió en Malvinas. ¿Pudiste hablar con él algo del tema?
-Fue mi compañero en la Novena de Huracán y, cuando él fue a Malvinas, nos mandábamos cartas, aún las tengo guardadas. En una de esas decía: “Estamos cansados. Queremos que vengan y matarlos o que nos maten. Ya no soportamos más el frío, el hambre y el pozo en el que estamos». Gustavo Veiga me hizo una nota muy buena sobre eso.

-¿Y cuando volvió?
-Él cuenta en un reportaje que, cuando nosotros le empezamos a preguntar cómo había sido todo, se pudo soltar y fue lo que permitió que haya empezado a sanar esa vivencia. También el hecho de estar de vuelta jugando y volviendo a soñar lo que soñaba antes de ir a la guerra.

-¿Vos también sentiste que el fútbol era una especie de refugio?
-No es que alguien que tiene un familiar desaparecido o que va a una guerra, tiene que jugar a la pelota porque lo va a hacer sentir bien. Pero sí, el hecho de poder conectarse con lo que uno deseaba y quería, sin duda, me hizo tener un objetivo. También es el hecho de sentirse útil hablando del tema como dice De Felippe. Yo me siento bien tratando de que la memoria, la verdad y la justicia sigan existiendo fuertemente en este país, por más que ahora quieran cambiar la realidad.

-¿El periodismo deportivo debe aportar a la construcción del día de la memoria, la verdad y la justicia?
-Totalmente. Es un elemento más en la vida de nuestro pueblo. Además, el deporte es una caja de resonancia tan importante que, cuando un periodista deportivo o un actor del deporte se pronuncia, se reproduce más que la voz de un científico o la de un maestro de una escuela. Esos son grossos. Yo pateaba una pelota y tenía más micrófonos alrededor que el que estudiaba energía atómica.