Por Julián Scher (*)
Fede apareció un sábado a la mañana en el Archivo Histórico con una de esas sonrisas bien suyas. Traía una docena de facturas y una noticia: “Conseguí la camiseta del Yaya Rodríguez. La va a venir a donar un amigo. Tenés que contar esta historia”. El Yaya Rodríguez, el 10 del Equipo de José, una gloria nuestra. Otro capaz se la quedaba para colgarla en la casa de recuerdo, para chapearla en algún lado, para que le diera bola una mina. Pero Fede no: Fede se cagaba en todo porque primero Racing, segundo Racing y siempre Racing. No hacía falta más que mirarlo pisar cualquier rinconcito del Cilindro para darse cuenta de que el club le alegraba la vida.
Hubo otra vez que cayó con una decisión: “Vamos a ver al básquet contra Unión Vecinal. Y, después, comemos una pizza por ahí todos juntos”. Hincha, socio, periodista partidario, coordinador de deportes amateurs, vecino de Avellaneda, Fede, Federico Ronsino, egresado de Deportea en 2003, era, por sobre todas las cosas, un enamorado de estos colores, un perseguidor de sueños pintados de celeste y blanco. Claro que quería que el equipo de fútbol masculino ganara todos los partidos. Pero también quería que a Racing le pasara mucho más que eso. Laburaba para que el básquet alguna vez volviera a la Liga Nacional y para que Eduardo Sacheri, fana de Independiente, conversara sobre literatura en la sede de Villa del Parque y para que se completara la colección de la Revista Racing y para que las voces no famosas que nos hacen grandes tuvieran dónde contar sus hazañas.
Nada le daba tanto orgullo a Fede como transmitir las proezas de su sobrino Santino jugando al ajedrez para Racing. Todos los marzos, lo acompañaba a participar de Peón Vuelve, el torneo que se organizaba en la ex ESMA para sedimentar memoria, verdad y justicia. Jamás fue de los boluditos que creen que no hay que mezclar al fútbol con la memoria. Le sacaba fotos y le aplaudía los triunfos. Al día siguiente, se escapaba un rato de su trabajo para pasar por la oficina de prensa, pedir una milanesa en lo de Susi y dictarnos todo lo que había que escribir sobre la medalla que había conseguido Santino. Ponía en el cuerpo lo que su ejemplo ahora anda diciendo: un club fue, es y será una hermosa excusa para ser feliz con los otros. Y nosotros éramos felices cagándonos de risa con él.
Hay una piba que aprendió a hacer radio escuchando a Fede que putea al aire. Y hay un pibe que descubrió qué es la amistad tomando mate con Fede en las piletas del Cilindro que llora a la muerte. Y hay un aplauso conmovedor que nace de las tribunas y de las plateas cuando, en la previa al partido con Estudiantes de Río Cuarto, aparece la cara de Fede en la pantalla del estadio. Y hay una sala del Archivo Histórico que ahora lleva el nombre de Fede porque Fede está en todos los rincones del club. Y hay una tristeza que aprieta el pecho de muchos de nosotros porque lo incomprensible es así. Pero también hay la certeza de que los clubes serán siempre de su gente mientran anden poblados de tipos como Fede y hay el privilegio de haber compartido tanto con un loco hermoso como Fede.
Lo demás lo sabe la tribuna: a Racing lo hace grande su gente. Su gente, la gente como Fede, la gente que va ser Racing para toda la vida.
(*) Sociólogo. Autor de los libros «Los desaparecidos de Racing» y «Socios eternos».
