Por Miguel Ángel Bertolotto (*)
Comenzamos prácticamente juntos en Clarín, apenas con un par de meses de diferencia, allá por el invierno de 1974. Enseguida congeniamos por ser de la misma generación, por los gustos, por el fútbol -no por las camisetas-, por el deporte, por el periodismo, por las ganas de aprender y de crecer en la profesión, por la ansiedad y la adrenalina de escuchar de la boca de los jefes qué partido íbamos a cubrir o qué entrevista debíamos concretar.
Lo mucho que compartimos en la redacción del diario, en las canchas, en los viajes, en las notas a dúo y en otros emprendimientos conjuntos no tardó en trasladarse al aspecto personal. Salíamos de Clarín, los domingos por la noche, y la seguíamos comiendo una pizza o una fugazzeta, siempre con fainá, en Los Inmortales de Lavalle; y alargábamos la madrugada del lunes en el Caravelle con un café infaltable y algún whiskicito de vez en vez. Hacíamos cenas de matrimonios con Marina y con Silvia. Él estuvo en mi casamiento y yo en el suyo. Hasta pasamos juntos, cada uno con su pareja, unas vacaciones en las playas de Mar del Plata. En los últimos años perdimos el contacto asiduo, diario, cara a cara, principalmente por cuestiones de distancia. Por ahí cruzábamos algunas frases en las redes.
Bohemio de San Telmo. Fana de Racing. Enamorado de la buena comida. Polemista incansable. Intenso en el debate político. Abanderado del humor y de la broma menos imaginada. Siempre dispuesto a dar una mano. Amigo de los que no se encuentran en el kiosco de la esquina.
Hugo Rey era todo eso y, más que eso, era un tipo sin dobleces.
(*) Periodista. Fue prosecretario de Deportes de Clarín. Cubrió fútbol y tenis en todo el mundo.
