Libertad de expresión en la era digital: riesgos, abusos y vacíos normativos

Por Victorio Grigera

La libertad de expresión en el entorno digital abre nuevas posibilidades, pero también implica nuevos riesgos. El anonimato mal utilizado facilita abusos, propone discursos dañinos sin consecuencias y, ante la falta de regulación clara, surge un dilema sobre responsabilidad y límites.
Desde su aparición, Twitter se presentó como un espacio global donde cualquier persona podía expresarse sin intermediarios. Bajo la bandera de la libertad de expresión, la plataforma prometió democratizar la conversación pública y abrir un escenario para voces marginadas. Sin embargo, la práctica demuestra que esa libertad, cuando no se acompaña de responsabilidad, regulación y criterios morales, puede transformarse en un terreno para la violencia, la desinformación y el uso distorsionado del anonimato.

En Twitter conviven, sin demasiados filtros, expresiones legítimas, opiniones argumentadas, discursos de odio, operaciones políticas, calumnias y noticias falsas. Aunque la empresa sostiene que protege la libertad de expresión, el funcionamiento real de la plataforma evidencia que ese concepto se deforma cuando no existe equilibrio con la responsabilidad social del emisor. Lo hemos analizado sobre libertad de expresión, derecho a la información y escalas éticas resulta clave para analizar este fenómeno.

La teoría cibernética o de la aguja hipodérmica plantea que un mensaje puede impactar directamente en el receptor sin mediación crítica. Twitter potencia esa lógica: los posteos breves, emocionales y descontextualizados suelen consumirse de manera automática, y la velocidad de la plataforma inhibe cualquier reflexión posterior.

A su vez, la teoría moderna de la comunicación sostiene que el receptor reinterpreta el mensaje según su propio marco mental. Esto también ocurre en Twitter, aunque de forma limitada: la mayoría de los usuarios circula dentro de burbujas informativas donde sólo encuentran opiniones coincidentes. Esa dinámica reemplaza la interpretación crítica por la reafirmación identitaria. El resultado es un ecosistema donde la reacción inmediata convive con la validación grupal, empobreciendo la conversación pública.

Lo trabajado sobre las tres concepciones de la verdad —la que se descubre, la que se impone y la que se sostiene por credibilidad— permite entender por qué Twitter es un terreno tan problemático.

– La verdad que se descubre, basada en verificación y chequeo, es la menos frecuente: la plataforma premia la inmediatez antes que el rigor.
– La verdad por credibilidad se impone cuando un usuario con miles de seguidores publica un contenido: lo verdadero no depende de la evidencia, sino de la figura que lo emite.
– La verdad que se impone surge de la repetición algorítmica: cuanto más se viraliza un mensaje, más verdadero parece, aun cuando carezca de fundamentos.

Este mecanismo explica la eficacia de las fake news. Para que sean creíbles, basta con un emisor aparentemente confiable, un receptor predispuesto y una falta total de chequeo de fuentes, condiciones que Twitter reúne casi a la perfección.
Lo investigado permite comprender el impacto ético de la desinformación en Twitter.

– Hay dolo directo cuando alguien publica información falsa con intención explícita de dañar, manipular o calumniar.
– Existe dolo culposo cuando un usuario replica contenido sin verificar, por descuido o negligencia.

En ambos casos se vulnera el derecho a la información, que pertenece al ciudadano y es esencial para la vida democrática. El problema radica en que muchos usuarios se perciben como actores informales, cuando en realidad funcionan como emisores con capacidad de impacto. La plataforma amplifica sus mensajes sin exigir responsabilidad alguna.

Hemos tratado de diferenciar la libertad de expresión, un derecho individual, de la libertad de prensa, que protege a las empresas que deciden qué publicar. Twitter se autopercibe como garante de la primera, pero actúa como portadora de la segunda.
La plataforma no es neutral: regula contenido según criterios comerciales, presiones políticas y decisiones internas poco transparentes.

Esto genera contradicciones éticas:
– Se eliminan tweets sin explicaciones claras, lo que configura censura parcial.
– Se suspenden cuentas de manera arbitraria mientras otras, que promueven hostigamiento, permanecen activas.
– Se priorizan contenidos agresivos porque generan interacción, ubicando intereses comerciales por encima del derecho a la información.

Twitter no ejerce censura estatal, pero sí una censura privada que, en muchos casos, resulta igual de problemática.
Lo estudiado sobre el secreto profesional y la fuente anónima ofrece un contraste revelador. En el periodismo tradicional, el anonimato se usa para proteger a quien brinda información de interés público. En Twitter ocurre exactamente lo contrario.

El anonimato se transforma en un escudo de impunidad, que permite:
– Evadir responsabilidad.
– Agredir sin consecuencias.
– Difundir acusaciones sin prueba.

Así se desvirtúa la función ética del anonimato y la plataforma se convierte en un espacio donde la violencia simbólica y la calumnia circulan sin freno.
Las regulaciones investigadas —autocrítica, autorregulación, derecho a réplica y derecho a rectificación— prácticamente no tienen lugar en Twitter.
Un periodista, ante un error, tiene el deber de rectificarse de manera rápida, visible y sincera. En Twitter, borrar un mensaje no repara el daño: las capturas ya circulan, el contenido ya fue reproducido y el algoritmo ya lo amplificó.

Tampoco existe autorregulación real entre usuarios. El sistema de reportes es lento, inconsistente y, en ocasiones, arbitrario. La plataforma se asemeja más a un espacio de impunidad que a un ámbito de ejercicio responsable de la libertad de expresión.

Además, Twitter genera autocensura. Muchos usuarios evitan opinar por miedo al hostigamiento, mientras que otros, amparados por el anonimato, se vuelven más agresivos. La consecuencia es un debate público empobrecido y polarizado.

Lo estudiado en la materia permite afirmar que Twitter no garantiza una libertad de expresión plena ni saludable. La ausencia de regulación ética, la prevalencia del anonimato, la lógica comercial del algoritmo y la facilidad para difundir desinformación erosionan derechos fundamentales como el derecho a la información, la privacidad y la honra.

Twitter no es un foro democrático: es un espacio donde la libertad se vive de manera desbalanceada, sin responsabilidad ni límites éticos. Su diseño privilegia el impacto por encima de la verdad, la viralización por encima de la verificación y la emoción por encima de la argumentación.
El desafío no es censurar, sino fomentar prácticas digitales responsables, pensamiento crítico y mecanismos de autorregulación que permitan que la libertad de expresión —tal como la entendimos en clase— recupere su sentido más pleno y democrático.

Fuentes
Apuntes y clases de Ética de la Escuela TEA & DeporTEA, por Héctor O. Becerra.

Deportea News: “Twitter o la libertad de expresión en jaque”, por Juan Cruz Campana, Camila Cloppet, Luciana Gentile y Agustín Povalej. https://deporteanews.com/twitter-o-la-libertad-de-expresion-en-jaque/

“Suprimir la verificación y moderación en redes aumenta el odio y el acoso, advierten los expertos”, por El País https://elpais.com/tecnologia/2025-01-10/suprimir-la-verificacion-y-moderacion-en-redes-aumenta-el-odio-y-el-acoso-advierten-los-expertos.html