No nos conformamos

Por Nemesia Hijós (*)

¿En qué habrá afectado a nuestra existencia el hecho de ser mujeres?
¿Qué oportunidades, exactamente, nos han sido dadas y cuáles nos han sido negadas?
Simone de Beauvoir, El segundo sexo.

La sociedad nos enseña a ser mujeres, ya lo advirtió la filósofa Simone de Beauvoir. Como integrantes del “segundo sexo”, se nos instruyen los modos en los que debemos comportarnos, lo legítimo y lo esperable de nosotras. En esas modulaciones no hay condiciones biológicas que determinen (o limiten) nuestras prácticas, sino que éstas responden a una construcción que históricamente ha pretendido naturalizar y adoctrinar conductas posibles a través del dominio del patriarcado. Esto quiere decir que, con los años, las instituciones educativas han pretendido desviar nuestros intereses de ciertas prácticas y campos considerados masculinos. Dispositivos como la televisión, las novelas y las publicidades también operaron como manuales que nos han dicho cómo debemos actuar para ser buenas señoritas, mujeres correctas, para fijar una identidad femenina, para adecuarnos a lo normal, para cumplir con las normas. Todas esas instancias realizaron y aún realizan una pedagogía: subordinan, articulan y reiteran sentidos hegemónicos, ordenan la realidad, marcan la normalidad, mientras niegan o rechazan otras identidades, concepciones y experiencias.

El deporte no está exento de todas estas redes, es un campo atravesado por relaciones de poder. A lo largo del tiempo, las prácticas deportivas han resultado eficaces para promover y reforzar un cierto orden corporal generizado, cuyos aspectos distintivos son la lógica cis-heteronormativa y la matriz binaria. Así se instaló la noción de que el cuerpo es un hecho, algo dado, natural, y no una interpretación, una construcción, una relación. Se asentó la idea de que las mujeres no podíamos habitar ciertos espacios, dando como argumento cuerpos frágiles y poco adecuados para actividades como el fútbol. Naturalizamos actividades físicas por género y pensamos que determinadas prácticas eran normales hasta que se demostró lo contrario: a comienzos del siglo XX la presencia cada vez más significativa de mujeres atraídas e interesadas por ingresar en el campo del deporte fue desafiando y tensionando las lógicas originarias masculinas, exigiendo que se desarrollen (nuevos) espacios de práctica y normativos.

Tuvieron que pasar décadas para dejar de ignorar, por ejemplo, que hubo una Selección que llegó al primer Mundial (“no oficial”) de 1971 en México como un equipo “huérfano”: sin un director técnico, médico, ni ningún otro tipo de personal administrativo, sin botines y con una camiseta que al primer lavado no sirvió más. Pero que a pesar de estas precarias condiciones –incluso 15 años antes de la hazaña de Diego Armando Maradona–, esa Selección –con goles de Elba Selva– ganó 4-1 a Inglaterra, terminando en cuarta posición ante 110 mil personas en el Estado Azteca. La disciplina se mantuvo entre las sombras, hasta que acontecimientos como el primer paro y huelga de jugadoras de la Selección Mayor de fútbol femenino en septiembre de 2017 empezaron a marcar un quiebre. El fútbol practicado por mujeres logró cobertura mediática con las denuncias de sexismo estructural en la industria deportiva, cuando se dio a conocer el escaso apoyo de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y las limitadas condiciones laborales con las que las futbolistas llegaban a disputar la Copa América a comienzos de 2018, que reforzaba la concepción cultural del fútbol en Argentina como un espacio regido por y para varones. Las jugadoras pedían acompañamiento y mejoras para recibir el mismo trato que sus pares masculinos y se posicionaban como protagonistas dispuestas a luchar por sus derechos: viáticos dignos, indumentaria y calzado propio, condiciones de entrenamiento adecuadas, trabajo y formación a largo plazo. Reapropiando el gesto de Juan Román Riquelme, exigieron ser escuchadas. Las orejas del Topo Gigio se transformaron en el emblema de la lucha colectiva de las jugadoras: dejaron de pertenecer a la demanda individual y exclusivamente económica. El Topo Gigio se amplificó y adquirió caras de mujeres. Se resignificó en una pose política. Incluso para aquellas que no se consideran militantes sociales ni activistas, ésta fue una actitud feminista. Porque implicó rebelarse contra lo establecido, contra lo que la sociedad nos ha educado, acostumbrado y marcado. Porque, en definitiva, ¿qué es ser feminista? “Es una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente”. Es reconocer las desigualdades de género, las violencias, los maltratos, el techo de cristal en los ámbitos laborales, la invisibilización y la marginación, y la condición de subalternidad que se materializa en diferentes campos.

¿Es posible construir un deporte con nuevas lógicas, que no alimente desigualdades, que no reproduzca violencias, machismos, xenofobias ni discriminación? ¿Un fútbol que no exalte el protagonismo individual, que no se guíe por la lógica mercantil y de lucro? ¿Un deporte que busque experiencias colectivas, que incluya a todas, a todos, a todes? La lucha organizada busca garantizar la igualdad, participación, inclusión, acceso y representación de mujeres y disidencias en todos los ámbitos de la sociedad en general y a todos los niveles de la comunidad deportiva, tales como atletas, practicantes, gestoras, dirigentas, periodistas, comunicadoras, entrenadoras, técnicas, árbitras, juezas. La socióloga Julia Hang (2018) señala que la organización colectiva permite la construcción –tanto desde la institucionalidad de los clubes argentinos como desde el activismo por fuera– de lugares dedicados a la cimentación de políticas de género que equiparen la escasa participación de mujeres y disidencias en estas organizaciones. Para garantizar la equidad y el desarrollo del fútbol femenino más allá de las canchas, es necesario asegurar la entrada de las mujeres a la AFA –para que deje de ser un “club de caballeros”–, a las Comisiones Directivas de los clubes, como a todos los espacios donde se toman decisiones. Aunque la incorporación del cupo femenino trae controversias y no asegura la asunción de una perspectiva de género en la institución, quiebra la representatividad histórica de varones en el ejercicio del poder y podría alentar el ingreso de mujeres en otros puestos significativos, como direcciones técnicas y cuerpos médicos.

La efervescencia social ante la lucha colectiva logra así penetrar las agendas políticas y, a la vez, constituye el medio que tienen los grupos invisibilizados para alzar la voz, sin quedar desdibujados como casos individuales aislados. En un corto lapso donde se conquistaron de forma acelerada derechos negados históricamente, resta seguir buscando tácticas para revertir conflictos institucionales y económicos, ampliando las discusiones y las posibilidades, que aseguren representatividad sindical, convenios colectivos de trabajo y salarios dignos, sin pensar que “igual remuneración por igual tarea” es una utopía. Porque está en nosotrxs cambiar las lógicas de los campos. El desafío radicará entonces en que las mujeres, disidencias y subalternidades tomen protagonismo. Con los feminismos como herramienta de transformación, la verdadera emancipación llegará luego de superar diferencias y rivalidades, dejando de lado privilegios para construir de forma colectiva, (re)pensando, problematizando, enfrentando prohibiciones y sexismos, ocupando, habilitando y creando espacios por y para todas las identidades.

Mientras tanto, hay algo que cambió para siempre. Ahora que nos escuchan y nos ven, el deporte es un escenario de expresión, descubrimiento y empoderamiento, se incorporan los reclamos de los colectivos que enfrentan la mirada androcéntrica y patriarcal, y disputan equidad de género e igualdad de oportunidades. Para que el fútbol ya no sea un privilegio de varones, tradicionalmente estructurado por la lógica del aguante, promotor de la masculinidad hegemónica y reproductor de violencias, xenofobias y machismos. En tanto que se busca ese horizonte emancipatorio y liberador, hay quienes ya no aceptan ser de segunda categoría, ya no permiten ser invisibilizadxs ni maltratadxs. Buscan ser escuchadxs. Toman la palabra. La amplifican. Copan las canchas. Ya no se conforman. No nos conformamos. Y por ello ya nada será igual. Porque seguiremos batallando hasta que lo que antes era pensado como imposible, ahora resulte inevitable. Porque sin nosotrxs, nunca más.

Referencias bibliográficas

de Beauvoir, Simone (2018) [1949]. El segundo sexo. Buenos Aires: Lumen.

Hang, Julia (diciembre 2018). Política y género en el deporte. Apuntes introductorios en torno al área de género en un club de fútbol platense. Ponencia presentada en las X Jornadas de Sociología de la Universidad Nacional de La Plata.

(*) Antropóloga social.y Magíster en Antropología Social. Docente en la carrera de Comunicación de la UBA. Acaba de publicar Runners: una etnografía en una plataforma de entrenamiento de Nike (Editorial Gorla).

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