El tipo que me enseñó a escribir con la cabeza

Por Javier Schurman (*)

Podría haberme mirado desde arriba, pero eligió sentarse al lado y explicarme todo. Todo lo que sabía. Fue hace una eternidad. Mediados de 1998, Bianchi recién llegaba a Boca y yo también, como periodista de Olé. Pero Gastón Leturia –el Pampa– no, él ya conocía el club, a los dirigentes, a los jugadores, había ido a la pretemporada, la primera del ciclo Bianchi, y compartió todo. Conmigo y con Pablito Vicente. Enseguida nos hicimos amigos, compinches. Salíamos juntos. Pippo, el Celta, la Academia, Cervantes. Recitales. Cafeteábamos hasta la madrugada y un par de horas después estábamos en Casa Amarilla. Eran días y noches eternas, pero –con él al lado– espectaculares.

Encontrar a un compañero como el Pampa en el inicio de tu carrera es un privilegio que te marca para siempre. Generoso, práctico, capaz, solidario. Me llevó a sus entrevistas, compartió sus contactos, a sus amigos. Escribimos a cuatro manos, cedió firmas. Nos acompañamos en mudanzas. Él, a Belgrano. Yo en Caballito. Vivió años en mi departamento. Viajamos juntos. Puteamos juntos.

Entre muchos otros, tenía un don: sabía tratar con los jugadores y el cuerpo técnico, ser cercano, ameno, pero no obsecuente. Podía darles un abrazo y charlar sobre una película, un partido de fútbol o la cocción del asado, y después escribir una crítica en el diario por lo que hacían dentro de la cancha. En las entrevistas, escuchaba y repreguntaba. Iba con un par de anotaciones en la libreta, pero apenas si miraba para no perderse de algo. El hilo lo llevaba en la cabeza, en la historia que iba procesando. Terminaba la nota y ya sabía por dónde iba a ir. No sé cómo lo hizo, pero me enseñó a escribir con la cabeza; en el remise de vuelta al diario, íbamos charlando y pensando sobre lo que habíamos vivido, y al llegar a la redacción ya teníamos el texto. Solo nos faltaba escribirlo.

Cuando el Mellizo empezó su carrera como técnico nos acordamos de aquella nota fallida: Guillermo y Gustavo, casi mudos, evitando hablar de lo que sabíamos que iba a ser su futuro. Faltaba más de una década pero el Pampa ya lo tenía claro. ¿O era Pablito? ¿O éramos los tres, como en esta foto que me mandó Claudia, en la que estamos en mi departamento haciendo payasadas y, seguramente, charlando sobre fútbol y sobre periodismo?
Después de unos años, yo dejé Boca y seguí mi camino en otras áreas de la redacción. Él estuvo un tiempo más, después se fue del diario pero no del edificio. Pasó al suple Autos, de Clarín, y nos encontrábamos a tomar mate o a fumar un pucho en el pasillo.

Los dos dejamos el Grupo Clarín y el cigarrillo. El tiempo y las rutinas diferentes nos fueron alejando físicamente, pero no en la amistad, en el cariño, en los recuerdos.

Una de las últimas veces que cruzamos mensajes me dijo que aunque habláramos cada cinco años igual iba a ser como siempre. Y ese siempre fue tan breve pero tan intenso que duele mucho. ¿Compartimos cuánto laboralmente? ¿Dos años de ese primer Boca de Bianchi? ¿Y dos o tres más de redacción en Olé? ¿Y los pasillos, y su escritorio, y un reencuentro para una Copa América, en Tiempo Argentino? Y aun así toda esta vida, de cerca y de lejos.
Los dos habíamos estudiado en Deportea. Él empezó en 1994, yo en 1995. También llegó un año antes a Olé; él para el lanzamiento del diario, en 1996, yo para el primer aniversario, en 1997; los dos como pasantes. Fue hace mucho, y al mismo tiempo fue hace nada. Todo está fresco acá, en el cuerpo.
Cuando Clau me mandó el mensaje no tuvo que explicar demasiado. “¿Supiste lo del Pampa?”, preguntó. No sabía, pero lo entendí. Después me enteré del resto: el viaje a La Pampa, el asado por el Día de la Madre, el malestar, el infarto a los cincuenta y dos años, el dolor colectivo. Los homenajes. Los agradecimientos.

Este es el mío. Qué locura, hermano.
Gracias por todo. La seguimos, Letón.

(*) Periodista, escritor, coordinador de talleres de escritura, egresado de Deportea