El 11 de julio murió Rodolfo Sacco, imprescindible entrenador argentino de natación, una referencia del deporte argentino. Fue entrañable profesor de Deportea. Franco Zabala, también docente y experto en natación, lo despide con todo el afecto.
Una señora entrada en sus cincuenta años rompe en llanto delante de otra. Compartieron algo similar a un padre. Un campeón mundial deviene en un niño de 15 que necesita la palabra justa para poder seguir. No la tiene. No la va a volver a tener. Una madre se reconvierte en niña y vuelve a intentar escuchar el entrenamiento de su profesor, pero no hay nada. No lo va a haber, tampoco. Dos docentes se miran a los ojos y en las pupilas de sus colegas hallan recuerdos que de golpe tomaron valor y, de golpe, también, comienzan a prestarle más atención a las palabras de cariño que dan y reciben.
El cielo gris viste otra mañana en Chacarita. No hay ruido. Hay lenguas mordidas y nudos en gargantas. El hombre que decía las palabras justas no está, le dejó la posta a su nieta, que algo aprendió. Ella, con la valentía que le pidió prestada a su nonno, dice unas oraciones que se hacen espacio entre toda la angustia y amablemente, muy amablemente, le piden a los dolores que se retiren. Que esas decenas de personas necesitan tener sus oídos libres para escuchar y sus memorias vacías para darle protagonismo a los recuerdos que les dejó quien ya no podrá generar otros.
Ese discurso se recita en español y se entiende en algún otro idioma, ese que sólo pueden hablar los corazones. Porque cada una de las personas que están paradas allí, incrédulas delante de ese cajón, lo reciben de otra manera, pero lo reciben, y ese es el objetivo. Porque en lo que dura ese texto, esa banda de adultos ya no está en una capilla: está en una pileta, esperando que el entrenador le diga unas palabras de apoyo después de esa carrera no tan óptima, o en un aula, escuchando atenta una anécdota que sólo una persona puede contar así de bien, o quizás, cada uno de ellos esté esperando que alguien les pose una mano sobre el hombro y les pregunte: ¿cómo estás, campeón?
La gente se dispersa. El sol sigue enojado y se niega a salir, pero el ambiente no es el mismo. Al igual que cuando un equipo reparte el dolor de un entrenamiento duro, esta unión de nadadores huérfanos hoy se divide la pérdida de Rodolfo Sacco, un maestro. De quien les enseñó a nadar, a entrenar y, cuando tenía unos ratos libres, a vivir.
El Campeonato Argentino Clausura de categoría máster y pre máster llevó su nombre, profe. Y la gran mayoría de sus competidores tuvieron una de sus enseñanzas en ese espacio que hay entre la gorra y las antiparras. Como ya no pueden dedicarle una medalla, o un tiempo, o un cruce, o unas palabras, le hicieron un lugarcito que se volvió altar en su memoria. Un rincón con un cronómetro y una pizarra para que pueda escribir todos los entrenamientos que le quedaron pendientes. Porque ese es el destino que merece alguien como usted.
Gracias, profe. Lo extrañamos mucho, y por eso, nunca lo vamos a olvidar.
