Por Juan Franco Gómez Sacks y Manuel Martínez
Egresado de Deportea en 1992, Diego Borinsky escribió 13 libros. La mayoría de ellos, sobre alguna persona en particular. Desde Matías Almeyda hasta Andrés D’Alessandro, Marcelo Gallardo o Ángel Labruna. De hecho, sobre los últimos dos publicó una trilogía. Con ciclos en El Gráfico, La Nación y Clarín, lanzó en 2025 su -hasta el momento- último ejemplar: Scaloni, biografía oficial, un recorrido por la vida del entrenador argentino que volvió a poner a la Selección en lo más alto del fútbol mundial. En la actualidad, trabaja en otros tres títulos sobre deportistas. “Estuve en Deportea hace 35 años, pero en esa época no había Newsletter. Es mi casa”, responde al mensaje, en el que se le solicita esta entrevista. Y conversa con la pasión de siempre.
-¿Qué sentiste cuando Matías Aldao, representante de Scaloni y ex compañero tuyo en El Gráfico, te dio la idea de hacer el libro?
-Yo le había propuesto al representante en 2021 hacer las 100 preguntas. Me gustaba la manera en que declaraba Scaloni, además se bancó todos los palos del periodismo al principio. No se pudo hacer porque justo los padres habían tenido ACV. Pasó el tiempo y me acuerdo que dos meses antes del Mundial me consultó si quería hacer el libro. Yo quería las 100 preguntas, pero obvio que el libro lo tenía en la cabeza. No estábamos a tiempo, no tenía sentido hacerlo justo antes del Mundial.
-¿Y entonces?
Una vez que terminó, empecé a insistirle a mi ex compañero. En un momento me ofreció hacerlo en Estados Unidos con una productora, porque se venía la Copa América. Ya con esa pequeña primera señal empecé a buscar notas. Fui armando y pensando en hacer el libro. En octubre de 2023 me comenta que se había caído lo de Estados Unidos. Tuvimos una reunión con la editorial y comentaron que, si era necesario, podía viajar a Mallorca. Justo venían los dos partidos de Eliminatorias que cerraban el año, así que esperaba a que terminaran y ya hablar con Scaloni. Perdimos con Uruguay y dije “pero, la puta madre”, y después le ganamos a Brasil. Me quedé viendo la conferencia y declaró que se iba a tomar un tiempo. Así que dejé pasar los meses. Lo pude ver recién en noviembre de 2024, 13 meses después de esa reunión, en los que caminé por las paredes. Yo quería sacarlo para mayo de 2024, veía que daba algunas notas y me ponía nervioso. Mientras tanto, fui avanzando. Es un mensaje para los que estudian: hay que seguir, tener confianza. Fui entrevistando para ganar tiempo.
-¿Cómo fue el día previo a tu primera reunión con él?
-En todo ese tiempo, más allá de mi ansiedad, ya había empezado a tirar preguntas. Había dividido su vida en etapas y tenía el cuestionario en la computadora, en un documento de Word, y también impreso. Eran 1500 y pico de preguntas. A medida que pasaba el tiempo y que no lo podía ver, por adentro me preguntaba si realmente iba a poder hacerlo. El representante me decía que sí, pero pasaba el tiempo y nada. Después, me empezó a agarrar la duda: “Y si lo veo, ¿cuánto tiempo me va a dar?” Yo quería hablar con el mánager, pero muchas veces le escribía y ni me contestaba, entonces hice un plan B, empecé a tachar preguntas que podía eliminar. En un momento reduje a la mitad. Seguía pasando el tiempo y agarré 30 temas por si me daba sólo dos horas de charla. El día anterior, me dijeron que me esperaba mañana, que era sábado. “Tenés una hora porque a las 11 juega Leverkusen y quiere ver a Palacios”.
-¿Cómo estabas?
-Nervioso. Le llevé dos libros de regalo: Esperándolo a Tito, de Eduardo Sacheri y Sean eternos los campeones, de Eduardo Biscayart y Alejandro Pagni, que tenía fotos espectaculares del Mundial. Llevaba la lista de preguntas. En principio, lo quería saludar, ver qué onda teníamos, porque no lo conocía. Le había hecho una entrevista por teléfono para El Gráfico en el año 2000 cuando había ganado La Liga con La Coruña. Le quería contar lo que venía armando y que, cuanto más podamos charlar, mejor iba a salir el libro. No quería hacer un libro cualquiera. Ya había visto 200 entrevistas y le prometí no preguntarle nada de lo que ya le habían consultado. A los diez minutos parecía que lo conocía de toda la vida. Una calidez espectacular. Estaba tan nervioso que olvidé el grabador y cuando nos vimos en España, sin que yo le dijese nada, me lo devolvió.
-¿Cuánto tiempo te llevó estructurar el libro?
-Con Scaloni me pasaba que lo más importante era verlo y saber que iba a contar con él. Porque hasta en un momento pensé en hacer un libro sólo con los testimonios que tenía, pero ya había salido Revolución Scaloni, de Alejandro Wall. Cuando empecé a hacer entrevistas, que hay más de 40, las tenía en crudo en la computadora. En un momento pensé en que tenía que escribirlas, darle forma. “Ya está, voy a hacer Scaloni en 100 historias”, dije. Además, muchos me tienen identificado con las 100 preguntas (una sección que realizó para El Gráfico y La Nación y que continúa en Clarín). Al ser 100 capítulos cortos, podía empezar por cualquiera. Arranqué por lo que tenía y luego lo fui uniendo. Tenía claro que no quería que fuese una primera persona. Cuando definí que lo iba a ser así, me quedé más tranquilo, pero me seguía inquietando no verlo a Scaloni.
-Preparaste 1500 preguntas. ¿Cuáles se te ocurrieron para luego retratarlo en el libro?
-Preparado para hacer preguntas estoy, después de tantos años en El Gráfico. Siempre una clave, y lo dije durante todos los años que di clase, es saber todo sobre la persona y pensar qué preguntas hacer. Hay que ir pensado y ver por dónde hay que entrar, leer e ir al archivo. Eso nos enseñó Osvaldo Orcasitas y yo traté de inculcarlo. Como quería contar toda la vida de él y tenía muchos amigos que me preguntaban dónde había jugado, empecé desde chiquito. Vi notas e informes que se hacían sobre él y en base a eso surgían. Su etapa en La Coruña, sus compañeros, veía partidos puntuales, como el día en que debutó y a los dos minutos tuvo que salir porque echaron al arquero. Cosas vinculadas al juego y a la persona, a la familia y los amigos. Lo que puede marcar cómo es una persona y las vivencias que tuvo. En un momento le consulté si cuando dejó de jugar tuvo que ir al psicólogo y me empezó a contar que arrancar a ir luego de ganar todo con la selección. Y eso me sorprendió.
-¿Cómo fue tu vivencia en Mallorca para tener la mayoría de los encuentros con él?
-Está buenísimo, a los periodistas nos encanta viajar. Traté de disfrutar de estar en Europa, en un lugar como Mallorca, y entrevistando a un campeón del mundo. Me pedí una semana de vacaciones en el laburo. Estuve nueve días, él me dijo que tenía sólo tres porque estaban de vacaciones los chicos, después tenían partido y quería acompañarlos. A la editorial le pedí esos tres días, pero la vuelta la solicité para más tarde porque sabía que de alguna manera iba a estar más tiempo con él. De los nueve días, me atendió ocho. Los días que grababa, también desgrababa, ponía el audio en el drive y también el texto. Después, obviamente que paseaba. Agradecía estar en ese lugar. Tenía una excitación tremenda. Faltaba un montón para que saliese el libro, pero sentía que en ese momento estaba espectacular.
-¿Qué diferencias encontraste entre este libro y los otros que escribiste?
-Cada libro tiene su desafío, sus dificultades, sus cosas lindas. Para el primero, el de Almeyda, lo vi tres veces durante dos años porque le escribía, no me contestaba, estaba el quilombo de River (había descendido). Arreglé con la mujer y empecé a ir todos los miércoles a la casa y le iba mandando a la editorial. La idea era que River ascendiera y recién ahí salía el libro, pero para eso tenía que ascender. Lo parí tremendo. Cuando le ganó a Almirante Brown se me cayeron las lágrimas, no sólo porque era hincha, sino también por el libro. Ahí cumplí el sueño del pibe.
-¿Y los demás?
-Después me pasó con Gallardo que le hice una entrevista antes de que asumiera como entrenador en River que me impactó su seguridad, determinación, sus conceptos. A los meses fui a River Camp a tomar unos mates y le dije: “Marcelo, nunca vi jugar al equipo así, tenemos que hacer un libro”. Primero me dio el sí y al tiempo me dijo que no sabía, que no le gustaba hablar de él. Recién me lo confirmó el día después de la fase de grupos de la Libertadores 2015. Ya había ganado la Sudamericana en 2014 y después ganó esa copa también. Una vez que salió el libro le empecé a insistir con hacer el segundo porque siguió ganando, pero él no tenía mucho tiempo, así que iba a Ezeiza y me volvía con él en el auto para aprovechar lo que podíamos. Capaz perdía River dos partidos y no me daban ganas de escribirle por cómo podía estar. Tiene mucho de excitación, de adrenalina, pero también de dificultad. Lo de Scaloni también. Estaba todo ok, pero estuve 13 meses hasta verlo. Una vez que volví de Mallorca ya estaba seguro.
-Todo listo.
-Después tenía que corregirlo porque era una biografía oficial, hubo que sacar dos capítulos de los 100 y ahí también pasé un poquito de estrés. La foto que a mi me gustaba, a él no le gustaba, pero la verdad que un pibe 10 puntos. El libro lo íbamos a presentar juntos y unos días antes me dijo el representante que no quería, que le daba vergüenza presumir. Al final subió un video en el que me menciona y dice “no es para hablar de mí”, con lo cual te muestra su timidez.
-¿El hecho de estar lejos facilitó que en los encuentros no hubieran tantas interrupciones y fueran más personales?
-Estuvimos en un bar, en un entrenamiento de su hijo más grande, en un partido de su hijo más chico en la escuela. Es uno más allá, por suerte. También el hecho de estar allá, sabiendo que me habían mandado a Mallorca, generó un compromiso más grande para él de no dejarme colgado. Si hubiera tenido que juntarme en bares acá, hubiera sido un quilombo. Hubiera ido al predio donde está más tranquilo, pero tenía una magia también conocer el lugar en el que vive. El primer día vino al hotel, después fui a la casa, me llevaba y traía para todos lados. Un día me llevó al partido de su hijo y todo eso me sumó para contarlo y describirlo como persona. Cuando fui a la casa, entré y vi que tenía una cancha de fútbol en el fondo, y ahí me contó que juega y entrena a los chicos. Todo eso también me sirve para contar. Fue una experiencia impresionante.
-¿A qué otro deportista o entrenador te gustaría hacerle un libro?
-Los que estoy haciendo ahora no digo los nombres porque después puede pasar cualquier cosa y no salen, pero los tres se acercaron y me dijeron que querían tener el libro. Me gustaron los personajes. Si no, no los hubiera hecho. Uno sueña con hacer el libro de Messi, del Dibu, de Enzo, del Cuti. Son pibes jóvenes, pero sí, cómo no te va a gustar hacer un libro de los ídolos. No es que uno hace el libro del que quiere, porque te tiene que conocer, tenés que tener buena onda y tiene que tener ganas él. Messi sería el top, el tipo que más alegrías nos dio, pero no salió nada de él, más allá de la serie que hizo con Apple.
-¿Sos de releer los libros que escribís una vez que están publicados?
-Sí, sí, ya antes de entregarlos los leí como diez veces. Es increíble, pero después encuentro errores en el libro impreso a pesar de haberlo leído muchas veces, que lo vea un editor, un corrector, volver a verlo una vez más y siguen apareciendo. Al ver uno diez veces lo mismo, el error pasa y no lo detectás. Los libros los leo cuando ya los tengo en papel y cuando aparecen errores los anoto y, cuando se van reimprimiendo, los marco para que los corrijan. Los leo por una cuestión que me gusta leer en papel y también para anotar cosas para la reimpresión.

