Por Catalina García
El siguiente artículo analiza la publicación de la foto de un hombre cayendo de las Torres Gemelas durante el atentado del 9/11, y evalúa las decisiones editoriales tomadas antes y después de su difusión desde la perspectiva ética-deontológica.
Durante el atentado a las Torres Gemelas, hace ya unos 25 años, un fotoperiodista, Richard Drew, tomó la foto que causaría conmoción en Estados Unidos. “El Hombre Que Cae” (“The Falling Man” en inglés) fue publicada en las páginas del New York Times, Los Ángeles Times, The Morning Call y hasta salió en las pantallas de la CNN, el 12 de septiembre de 2001. El hombre, cuya identidad no fue revelada, recorrió todo un país en estado de shock, y los lectores criticaron su publicación, calificándola de “sangre fría, inquietante, macabra y sádica”. Inmediatamente, los medios retiraron la imagen y no volvieron a utilizarla hasta unos años más tarde en el Book Review del New York Times y en un artículo de Esquire. Esta secuencia de publicar, ser criticado y luego eliminar, se posiciona como uno de los casos más complejos dentro de la historia del fotoperiodismo.
Inicialmente, la decisión tomada por los editores de los periódicos estadounidenses se ve avalada por la libertad de prensa, su derecho a comercializar la información, sobre todo en una situación tan masiva como el atentado. Una decisión que no fue tomada adrede, sino que tuvo su debate en todas las oficinas que optaron por utilizarla. Si bien el derecho los amparaba, eso no los eximía de una reflexión ética previa. Por parte del fotoperiodista Drew, la acción de tomar la foto sería el equivalente de la producción de una nota y su distribución. En su caso, la libertad de expresión y la cláusula de conciencia protege su decisión, ya que su propósito encontrándose en la escena fue documentar los hechos.
No obstante, se contrapone con el derecho a la intimidad y la imagen ya que la propagación de la fotografía se realizó sin el consentimiento del hombre protagonista ni de su familia. Su identidad se mantuvo como incógnita por un tiempo, además del propósito de su caída, ya sea porque decidió saltar del edificio o porque cayó y terminó convirtiéndose en el foco de la situación. Más allá de esto, la tensión entre el interés del público por saber quién era y el derecho del hombre a no ser expuesto en su muerte sin su permiso provocó que investigaran su historia y quiénes eran sus allegados. El periodista Peter Cheney del Globe and Mail intentó identificarlo, pero cuando dio con los parientes, estos rechazaron todo tipo de vinculación por razones religiosas y la historia murió ahí.
A pesar de que borraron la imagen de todos lados, incluso hasta los registros digitales de los diarios, ya la habían visto miles de ciudadanos americanos. En un acto de autocensura quisieron deshacer un hecho del cual no midieron el impacto que iba a tener sobre las audiencias ni en los familiares de las víctimas. Esta decisión no formó parte de una autocrítica por parte de los editores y tampoco existió una autorregulación colectiva. Al haber sido una respuesta a la reacción del público, la autocensura se convirtió en una elección no ética sino estratégica. La crítica por parte de otros medios fue posterior al escándalo y no el motivo principal de la retirada.
Sin embargo, la publicación de la foto podría ser considerada parte del derecho a la información. Los ciudadanos neoyorquinos y de todo el país tenían derecho de conocer la magnitud del atentado hasta en sus aspectos más crudos. Reducir la cobertura a imágenes de escombros y rescatistas es mostrar una parte de la realidad. Se estima que aproximadamente 200 personas cayeron o saltaron de las torres ese día, y sin embargo esa dimensión del ataque fue prácticamente borrada del relato colectivo. Al retirarla, los medios no sólo cedieron ante la presión de cierto público, sino que también optaron por no documentar una parte de la historia.
Por otra parte, la elección de Richard Drew, de fotografiar y distribuir ese momento, sufrió las consecuencias del estigma del público. Durante años defendió su postura de “no capturé su muerte, capturé parte de su vida”, apoyándose en el derecho a reivindicar el sentido de la obra. Esto demuestra que una vez que se publica algo, el autor pierde parte del control sobre el significado y no hay vuelta atrás. Un paradigma de lo difícil que es tomar la decisión de publicar por considerarlo de interés público, y el daño que le puede causar a las personas del otro lado del papel/televisor.
En conclusión, “El Hombre Que Cae” pone en perspectiva nuevamente el accionar periodístico en situaciones de extrema sensibilidad. Por un lado, unos opinarán que la decisión de publicar la foto fue la correcta porque era de interés público, mientras que otros dirán que es una violación a la intimidad e imagen de la persona. El fotoperiodista amparándose en la libertad de expresión y la cláusula de conciencia estaba haciendo su trabajo, tres editores, supusieron que tenían el derecho a informa a su público, aún sin el consentimiento previo de algún familiar del fallecido. Luego, tuvieron que sucumbir a la reacción casi explosiva del público para hacerla desaparecer. Es por estas cuestiones, que la deontología existe, para que en un mundo donde el periodismo es un arma de doble filo, las decisiones no dependan sólo del público, ni de la urgencia del momento, sino de criterios éticos que protejan tanto la verdad como la dignidad de las personas involucradas.
FUENTES
Manual de ética – Héctor O. Becerra
Drew, R. (2021). Entrevista con CBS News: «Richard Drew on photographing the ‘Falling Man’ on 9/11». Disponible en: cbsnews.com
Documental “La foto del hombre cayendo que conmocionó al mundo” de Banijay Crime. Disponible en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=PJKM3lfZMlw&rco=1
Cheney, P. (2001). Artículo de identificación del sujeto. The Globe and Mail (Canadá).
