Rubén Rossi: un ciudadano del potrero

Por Camilo Iriarte y Juan Cruz Visco Sola

Rubén Rossi se define de una manera particular: “Ciudadano del potrero”. Lejos de presentarse únicamente a partir de sus cargos, títulos o experiencias profesionales, elige una definición que sintetiza su vínculo con el fútbol y, especialmente, con el fútbol infanto juvenil.

Ex futbolista, campeón mundial juvenil junto con Diego Maradona en Japón 1979, entrenador y especialista en formación, Rossi entiende que su función no es “formar” jugadores, sino ayudarlos a desarrollar el talento que ya poseen, brindándoles las condiciones y herramientas necesarias para potenciarlo. Desde esa perspectiva, cuestiona algunas de las prácticas tradicionales del fútbol infantil y reivindica el juego, la libertad y la búsqueda de dificultades como elementos fundamentales para el aprendizaje.

En esta entrevista, Rossi, de 65 años, habla sobre la gestación de El neuropotrero, el libro en el que relaciona su experiencia en el potrero con los aportes de las neurociencias. También reflexiona sobre el rol de los entrenadores, la importancia de las emociones en el aprendizaje, el desarrollo del talento y la necesidad de recuperar el juego como herramienta central en la formación de futbolistas.

-¿Cómo surgió la idea de neuropotrero? ¿Por qué neuropotrero?
-El doctor Francisco Mora Teruel, uno de los grandes expertos en neurociencia del mundo, dice que el juego es el disfraz del aprendizaje. Solo se puede aprender bien aquello que se ama, aquello que enamora. Y empecé a descubrir las influencias que tenían las emociones en el aprendizaje. Y de ahí surgió esa idea, que es una palabra de mi querido amigo Ángel Cappa, porque la palabra «neuropotrero» es un invento de él, de Ángel, a quien se la pedí prestada y por supuesto no solo me la regaló la palabra, sino que hasta me hizo el prólogo del libro, donde yo digo que la neurociencia no viene a refutar ni a tirar por tierra lo que hacían los viejos maestros de hace muchos años atrás en el mundo del fútbol, que era dejar que los niños jugaran en libertad, sino que, por el contrario, viene a reafirmar la importancia del juego en el aprendizaje y a confirmar que lo que aquellos sabedores del fútbol hacían desde un aplastante sentido común y desde la experiencia, era lo correcto para que los niños aprendieran a jugar a la pelota.
-Y desde ahí empezaste.
-Esa es un poco la síntesis de cómo nace escribir esto, que es el neuropotrero, que es una descripción en un principio de cómo era el potrero donde yo jugaba, después hace una relación con las neurociencias y con las emociones y al final una parte vanidosa, soberbia mía, muy pretenciosa de intentar explicar cómo se podría llevar todas esas actividades que se hacían en el potrero hoy a la escuelita del fútbol o a los clubes del fútbol infantil.

-¿Cuánto del Neuropotrero nace de tu experiencia personal y cuánto de las investigaciones sobre neurociencias y el aprendizaje que tuviste al respecto?
-Mi experiencia personal nace del hecho de que me formé en un potrero en Barranquitas, en mi barrio en Santa Fe, que le decíamos la canchita del puente, porque estaba cruzada por un puente, por dos vías la cancha, y esa fue mi experiencia personal. Y después, a través de leer y estudiar, tratar de investigar, de hablar con expertos en neurología y, cuando pude hacer un máster me encontré con una docente extraordinaria, que es Rosana Fernández Coto, que fue también la que me ayudó mucho a descubrir todo eso que decían las neurociencias y sobre todo a investigar cuál era la relación que tenían, cómo se desarrolla el cerebro de ese niño futbolista.

-¿Hubo algún autor, investigador, entrenador o una experiencia que haya sido particularmente determinante para darle forma al libro?
-No, no, en realidad no hubo ninguno. Sí he leído investigadores, empezando por Antonio Damasio y su libro Descartes se equivocó. También he leído todo sobre Francisco Mora Teruel, he leído la mayoría de los libros de David Bueno, que es un neurobiólogo catalán, he leído muchísimo de María del Mar Romera Morón, una experta en emociones, que ha escrito muchos libros, una pedagoga con la que incluso me relacioné y donde hablo de lo que ella denomina CASA, que es una sigla de las cuatro plataformas emocionales por la que aprende un niño, que es la C de curiosidad, la A de admiración, la S de seguridad y la otra A de alegría.

-¿Y cómo desplazaste eso a tu actividad?
-Cada vez que se arma un entrenamiento para niños, o una actividad, no me gusta la palabra entrenamiento, una actividad para niños, se tendría que tratar de descifrar esa sigla y saber si esa actividad está compuesta por esas cuatro emociones que son las que permiten el aprendizaje. No es un libro de tono científico, simplemente me refugié en algunos o en varios expertos en neurociencia para reafirmar o corroborar lo que yo venía intuyendo del sentido común y cómo me había formado yo y muchísimos futbolistas que la mayoría nacieron en el potrero jugando.

-¿Cómo fue el proceso concreto de escribirlo? ¿Tomaste nota durante años y recopilaste información y después la ordenaste o simplemente arrancaste a escribir y escribiste a partir de lo que ibas investigando y recopilando en el momento?
-No, yo primero armo siempre un esqueleto de lo que voy a redactar. Este ha sido mi tercer libro publicado, pero en realidad hay un cuarto libro porque otro se hizo de forma interna para unas escuelas de juego que habíamos desarrollado nosotros y yo armé un manual. Pero siempre trato de armar un esqueleto, y en este caso lo primero que traté de hacer fue acordarme y recordar en ese esqueleto cómo eran los padres de la época cuando yo jugaba, cómo era el potrero, cómo era la sociedad en la que vivíamos, cómo era la pelota, cómo era el campo de juego. Y después hice algunas investigaciones y algunas referencias a estos expertos en neurociencia que corroboran lo que yo vengo diciendo hace mucho tiempo. El tema es que para mí el juego es la herramienta pedagógica más importante que existe para que un niño aprenda y que paradójicamente en el mundo del fútbol infantil es donde menos se está utilizando.

-¿A la hora de escribir el libro buscás explicar conceptos de neurociencia y asociarlos al juego y al fútbol, ordenar tus experiencias y encontrar una forma de transmitir eso que percibís de que la neurociencia explica cómo jugaban en el potrero?
-Sí, es un poco eso. Por eso digo, yo me aferré a algunos autores, traté de investigar por mi cuenta sobre todo, consumí mucha bibliografía al respecto. Luego, también tiene que ver mi experiencia personal. Estaba todo el día jugando a la pelota, permanentemente, sin nadie que me diera indicaciones, sin entrenamientos descontextualizados, sin pensar desaforadamente en el resultado deportivo como que fuera la muerte si llegaba a perder.

-Tu punto de partida.
-Desde ese lugar empecé a encontrar lo que les dije recién. Empecé a encontrar autores que hablaban de la importancia del juego, de las emociones, cómo influyen para que el niño pueda aprender. Y desde ese lugar se fue desarrollando el libro.
No aspiro ni al Premio Nobel de Literatura ni quiero que sea un tratado científico. Es simplemente una idea para reforzar lo que yo vengo defendiendo hace muchísimos años, que es el aprendizaje espontáneo, libre y que nos brindaba creatividad, nos brindaba la posibilidad de tomar decisiones, de resolver, que hoy la neurociencia o algunos autores por lo menos vienen a decir que es lo correcto para que un niño aprenda.

-¿Escribiste pensando principalmente en los entrenadores y los formadores o también en padres y madres de las infancias que juegan al fútbol?
-Lo escribí pensando en todo. Lo escribí pensando en la importancia que tiene el juego, que tenemos que tratar de entender cuál es nuestro rol. Porque yo les hago una pregunta a ustedes: ¿se puede enseñar a jugar a la pelota?

-¿Se puede?
-Si alguien puede enseñar a jugar a la pelota en la primera etapa del aprendizaje de un futbolista, ¿me pueden explicar por qué hay tantos buscadores de talento?, ¿por qué hay tantas pruebas de jugadores?, ¿por qué hay tantos selectivos? Si se pudiera enseñar, eso no tendría necesidad de ser, ¿cierto? Yo tendría un método, un modelo, lo doy a conocer, lo pongo en práctica y ya está. Le enseño a jugar a todos los chicos a la pelota y después en la segunda etapa aprenderán a jugar al fútbol.

-¿Y por qué no se hace eso?
-Es lo que yo les pregunto a ustedes, ¿por qué no se hace eso? Porque nadie tiene un modelo, un método. El modelo. para mí, se sustenta en el juego. Porque hoy, por ejemplo, está de moda el entrenamiento para la toma de decisiones. ¿Lo escucharon alguna vez? A ver, explíquenme. Todo se basa en ejercicios que tienen un principio, un desarrollo y un final. Y donde ya se deja establecido cuáles son las pautas que se deben seguir. Yo creo que se trata de otra cosa, se trata de generar dificultades para que el niño resuelva. Y eso se basa en los tres preceptos menottianos: cuando definió el fútbol, el Flaco Menotti, mi entrenador en el juvenil de 1979, dijo que el fútbol es espacio, tiempo y engaño. Entonces, la labor es de ser facilitador en las edades infantiles, y eso es de lo que hablo en el neuropotrero, es generar ese entorno, es modificar esas variables, pero después dejar que los niños resuelvan, no estar diciéndole lo que tenemos que hacer nosotros.

-¿Por qué decidiste deliberadamente no ofrecer respuestas cerradas, sino que el lector se haga la pregunta sobre todo esto?
-Porque en el fútbol, como en la vida, no existen verdades absolutas. Cuando yo le dije a mi padre que iba a ser entrenador, él -que fue jugador de River en la década del 50 y fue entrenador- me dijo una frase que para mí fue rectora en mi forma de pensar. Me dijo: «La única verdad que existe en el fútbol es que no la tiene nadie. No vaa a ser tan idiota de creerte que la tenés vos».

-Entonces, ¿qué proponés?
-Yo lo único que hago es una invitación a la reflexión. Porque cuando yo pregunto, como les pregunté a ustedes: si hay un método, ¿por qué no lo copiamos todo y ya está? Estuve cuatro años en River, ¿por qué hacíamos pruebas por todos lados? Lo mismo cuando estuve en Colón, en Unión, en Quilmes, ¿por qué hacíamos tantas pruebas? Invito a la reflexión. Invito a que los adultos les devolvamos a los niños el juego que les quitamos en beneficio propio.

-Hacés una reivindicación del juego.
-Lo que yo invito es a que entiendan que la importancia que tiene dejar que el chico juegue en libertad, con alegría, darle seguridad, generarle actividades curiosas. Ustedes pónganse a pensar, ¿qué curiosidad le puede dar a un niño? ¿O qué alegría? ¿O qué seguridad le puede dar? ¿O admiración, no sé cómo le nombré la sigla CASA, de poner a dos filas de chicos enfrentados que dan un paso y van atrás de 20 a esperar que les toque otra vez? ¿A ustedes les parece que esas son las condiciones para que un niño aprenda? Más fácil, en vez de hacer eso, yo propongo, ¿por qué no lo hacen jugar cinco contra cinco y le dicen, el equipo que hace cuatro pases seguidos es un gol? El niño, además de la recepción y el pase, aprende a manejar el espacio, el tiempo, aprende a engañar. ¿No es más fácil hacer eso a través de un juego que tener a los chicos en fila trabajando?

-Un camino distinto, tal vez, a los dominantes.
-Carlos Peucelle, que ese sí fue un maestro de los grandes futbolistas de River de la década del 40 y del 50, decía que el del fútbol puede ser un futuro trabajo al que se llega jugando. Y se pierde si se empieza trabajando. Y si ustedes hoy buscan, van a ver, todos hablan de trabajo, trabajo, trabajo, de resultados, de ejercicio, de entrenamientos. Nadie habla de jugar, nadie habla de dejar jugar.

-¿Cuál fue el mayor desafío o la mayor dificultad que tuviste al escribir el libro?
Y, a veces, por ahí tratar de iluminar con claridad las ideas, tratar de bajarla a la tierra, de hacer de esto que no fuera, por eso yo digo, si bien nombro varias personalidades del mundo de la ciencia, no hacer de esto algo cientificista, sino más bien simplemente tratar de bajar al llano, al hombre de a pie, que en realidad el juego es la herramienta pedagógica más importante para que un niño aprenda. Eso fue lo que por ahí más buscaba. Y traté, dentro de mi ignorancia, porque yo no soy Gabriel García Márquez ni Julio Cortázar, ni James Joyce, traté desde mi pobre capacidad de hacer un libro que sea accesible para todos, procurando exponer una idea para que después se pueda debatir. Desde el juego: es el elemento más importante para que un niño aprenda. Si nosotros lo dejáramos jugar y le generáramos dificultades, condicionándole los espacios, los tiempos, generando situaciones para que ellos aprendan a improvisar, todo sería mucho más fácil y habría muchos más futbolistas creativos como siempre ha tenido el fútbol argentino.